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Epss, no entró todo. El resto:
Pero en la precampaña del otoño de 2007 Solbes dijo, con voz cavernosa, que "tal vez entraríamos en un escenario de moderación salarial para funcionarios públicos". Pepita entonces se echó a llorar. Sabía muy bien lo que aquello significaba: su sueldo se congelaría, tal y como pasó ya con Aznar, mientras que la comida, la ropa, el transporte, los bolígrafos y la luz seguirían subiendo a un 6% anual, en términos reales. Los tipos de interés, ahora lo veía claro, sólo podían subir. Los tipos debían estar por encima de la inflación. Hasta uno de sus alumnos podía saber eso. Todo había sido un sueño, una locura colectiva, como un niño que ve una película de Bruce Lee y cree que podría apalizar a cualquiera. Su piso de una habitación era una celda carcelaria, con su dinero pasado, presente y futuro allí atrapado. Muy pronto entraría en números rojos, llegaría la letra y no la podría pagar. Muy pronto le llamarían del banco, la "asesorarían", la amenazarían sutilmente, le propondrían refinanciaciones a "sólo interés", y al final le subastarían el piso.
Debía ponerlo en venta cuanto antes. Algo le decía que no iba a ser fácil. Los comentarios de aquellos aguafiestas de internet le parecían ahora verdaderos. Se sentía encerrada en una alcantarilla, burlada por su propia codicia.
En pocos días, se sintió incapaz de ir a trabajar. Fue al médico y le dio una baja de un mes. Entonces se pasaba los días en el sofá, con la manta sobre sus tetas de goma, esperando llamadas de las agencias. Le ofrecían rebajas hasta los 250.000 €. Eso le dejaría aún una deuda de 30.000. Insistió en que se vendiese como mínimo por 270.000. Las inmobiliarias decían que imposible.
A todo eso, el del banco iba llamando. Entre economistas se entendían mejor: o pagas o subastamos. Pepita sabía que la subasta sería una estafa, que como mucho sacarían 120.000 y el resto lo tendría que poner ella de su sueldo. Entonces, llamó a las inmobiliarias y aceptó la rebaja hasta 250.000. Al menos podría salvar los muebles. En aquel momento, un pisito compartido con otras profes, unos ahorritos en el banco, unas sesiones de peluquería, un blanqueo dental, un viajecito a Marina d'Or para relajarse, le parecían el paraíso. Todo eso podía conseguirlo si se quitaba el muerto de encima.
Pasaron unas cuantas semanas más. Apenas durmió. No desconectaba el móvil por las noches. El tiempo se acababa. Sus padres habían reunido dinero para pagar una letra más, pero sólo una. Después, la suerte estaría echada. Pepita pagó esa letra y consiguió postergar otro mes el embargo. Pero el comprador no aparecía. Los días pasaban y cada noche era una derrota. Su cara estaba amarillenta, su pelo había perdido brillo, sus ojos eran los de un cordero degollado. Las ojeras eran ya de un morado oscuro. Su madre iba a verla todos los días y le traía infusiones de valeriana. Su padre intentaba consolarla: "en peores plazas he toreado yo". Pero el hombre estaba acojonado.
Entonces, en uno de esos días en los que la depresión se acercaba imperceptiblemente, suena el teléfono. Es la chica de la inmobiliaria. Dice que tiene un comprador por 180.000. Es un funcionario que puede conseguir la hipoteca casi inmediatamente. Pepita argumenta que es muy poco dinero, que su piso vale mucho más. La chica de la agencia le aconseja vender para evitar el embargo, que está a la vuelta de la esquina. No hay tiempo ya. Pepita al final accede. Tendrá aún que devolver 100.000 €, pero podrá por lo menos comer y vivir como una persona normal.
Se hace toda la operación en un tiempo récord. El del banco aplaza amablemente todo el proceso. La de la agencia lo prepara todo para ir al notario.
Pepita va allí a firmar y se encuentra con su ex novio el latinista. Está allí también la rumana, que es muy jovencita. El cabroncete ha perdido peso, está moreno, lleva una camisa de Pierre Cardin. La rumana tiene los ojitos brillantes, ávidos de pisito.