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Algunas crisis históricas

[Desconocido] | 2:08, 28/Ago 2005 |
""LAS CRISIS MÁS TRAUMÁTICAS
El precio del petróleo se cuadruplicó en tres meses en 1973; el impacto en las economías occidentales originó la “estagflación”: inflación sin crecimiento


Ataque a Las Tullerías
Este cuadro de la Biblioteca Nacional de París recoge una escena del ejército francés defendiendo el jardín de Las Tullerías frente al palacio de Versalles, atacado por el pueblo levantado contra los desmanes del Antiguo Régimen.

Desempleados recogiendo comida en 1929
La debacle financiera de 1929 dejó en la ruina a una gran parte de la población de todas las clases sociales. El Gobierno americano tuvo que multiplicar los servicios de asistencia social para ofrecer a miles de desempleados un sustento básico.


El Nasdaq se desplomó en 2000
El Nasdaq es el índice bursátil neoyorquino en el que cotizan las empresas de tecnología e Internet. Se desplomó en 2000, cuando cientos de compañías de Internet que estaban sobrevaloradas cerraron sus puertas.





Las empresas ferroviarias se repartían en el siglo XIX cuatro veces más dividendos que el resto de sectores. Pero la burbuja estalló a los pocos años
1787-9 La Revolución Francesa se fraguó como consecuencia de una crisis económica

Los franceses se habían enterado: hacerse rico rápidamente no era tan fácil como les había hecho creer Law. Mucho peor: ni siquiera era posible prosperar decentemente en la Francia de finales del siglo XVIII. Una estricta legislación y la férrea disciplina de los gremios coartaban el libre desarrollo industrial. Los sistemas de pesos y medidas en cada región eran diferentes. Existían peajes lo bastante altos como para disuadir al más emprendedor de los comerciantes.

Para colmo, las ansias de recaudación del monarca estaban “invitando” a muchos campesinos a dejar de cultivar sus tierras, agobiados por los impuestos. El cielo tampoco estaba del lado francés en aquella época. Las condiciones climatológicas de 1787 y 1788 fueron realmente malas y las cosechas lo acusaron. La escasez de grano provocó un escandaloso aumento de los precios, hasta tal punto que un salario medio apenas alcanzaba para comprar el pan de cada día. Era el comienzo de la crisis que pondría fin al Antiguo Régimen. Las industrias cerraban por falta de clientes. Miles de trabajadores se quedaron en la calle, sin más alternativa que la mendicidad y el descontento. Los teóricos de la Revolución lo vieron claro: el caldo de cultivo para el levantamiento popular estaba servido.

1836-1857 La “burbuja financiera” del ferrocarril

Liverpool-Manchester, 56 kilómetros en apenas hora y media. Una hazaña inimaginable en 1830 (una diligencia tardaba tres horas), se tornó realidad gracias a un nuevo invento: el ferrocarril. Desde Estados Unidos a Rusia, desde Londres a Madrid, el mundo se postraba ante los encantos de la “máquina de vapor”. Todos querían que el tren llegara a su ciudad y participaban en las cientos de empresas que lo hacían posible. Ya en 1836 se hablaba de la railwaymania, término inglés acuñado para describir la pasión mundial por las acciones de compañías ferroviarias. Pero este episodio fue peccata minuta comparado con la segunda fase de la crisis.

En 1844, la economía mundial y especialmente la inglesa iban viento en popa. Excedentes agrícolas, unos tipos de interés históricamente bajos... y compañías ferroviarias que no paraban de multiplicar sus ingresos. Repartían dividendos del 10%, cuatro veces más que el resto de sectores. Cada semana aparecía una docena de nuevos proyectos y se creó una prensa especializada que los ensalzaba a todos. Parlamentarios, hombres influyentes y ciudadanos corrientes se apresuraban a comprar acciones al mejor precio. Hubo quien llegó a multiplicar su inversión por quinientos. Pero ni todos los proyectos eran tan rentables, ni todas la acciones tan reales. Los rumores sobre contabilidades amañadas y estafadores sin escrúpulos que vendían acciones fantasma surcaron la City londinense. En junio de 1845, un informe del Parlamento reveló la identidad de 20.000 especuladores que habían suscrito acciones ferroviarias por valor de 2.000 libras cada uno. Por supuesto, su única intención era venderlas al día siguiente y recoger beneficios sin pagar una libra.
El Times, el Globe y el resto de grandes periódicos de la época vaticinaban la crisis un día sí y el otro también. Y llegó. El resto no difiere de las anteriores: caída en picado de las acciones, inversores arruinados, familias en la calle...

1929 El primer “crack” que hizo temblar al mundo

La novela El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, fijó para la Historia imágenes que en otras crisis habían pasado sin pena ni gloria. Hombres ambiciosos levantando imperios empresariales de la nada, una sociedad bañada en la opulencia, mujeres que bebían cócteles y fumaban mientras ordenaban comprar acciones (las de empresas automovilísticas eran las más deseadas) en la Bolsa de Nueva York, con la misma pasión con la que jugaban al bingo. Eran los felices años 20 en Estados Unidos. Comprar y vender en la Bolsa era mucho más lucrativo que cualquier otra actividad económica. Cuando una empresa como Anaconda Cooper, productora de cobre, podía ganar 20 millones de dólares en el mismo mes en que la cotización de ese metal caía un 25%. Pero, claro, ese país de 120 millones de habitantes tenía dos millones de especuladores. “Lo asombroso de la especulación de 1929 no era la participación masiva, sino el modo en que resultaba central para la cultura”, ha escrito el economista J. K. Galbraith. Así lo demuestra el periodista financiero de la época Edwin Lefèvre cuando transcribía en una crónica esta declaración de una mujer que acababa de perder un millón de dólares: “Mientras duró, lo pasé muy bien. Ignoraba que ganar dinero fuera tan divertido”, decía la afectada. Pero la diversión se acabó el jueves 24 de octubre. Ese día, 13 millones de títulos salieron a la venta sin que nadie estuviera dispuesto a comprarlos. La Bolsa de Nueva York cayó en picado y con ella las ilusiones de los norteamericanos. En un solo mes, el mercado perdió 30.000 millones de dólares. También fue El Gran Gatsby la novela que reprodujo la desgraciada estampa de hombres de negocios desesperados saltando desde los pisos más altos de los rascacielos neoyorquinos. Ilusos inversores que lo habían vendido todo y que en un solo día se vieron condenados a la más absoluta de las miserias.

La depresión de la economía norteamericana se contagió rápidamente a Europa. Los créditos que ayudaban al Viejo Continente a superar la crisis de la Primera Guerra Mundial se suspendieron, la inflación y el desempleo también se adueñaron de los países europeos. Fue la Gran Depresión. “La crisis terminó el 1 de septiembre de 1939, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial”, sentencia el economista Ramón Tamames.

1973 Todo el planeta pendiente del petróleo

Octubre de 1973. Las naciones agrupadas en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) embargan el suministro a Estados Unidos y otros aliados y disparan el precio del barril de petróleo. Es la represalia árabe por el apoyo norteamericano a Israel en la guerra del Yom Kippur. El embargo apenas duró un año, pero fue suficiente para provocar una profunda recesión en la economía mundial.

El precio del crudo se cuadruplicó en sólo tres meses. De 4 a 16 dólares por barril. La factura petrolífera de los países europeos pasó de una media de un 1,5% de su PIB al 5%. Todas las economías del planeta se contrajeron. La producción industrial se paralizó y surgió un nuevo fantasma económico: la estagflación. Una combinación de alta inflación con estancamiento económico (las bajadas de la producción industrial) llegaron al 20%). La principal repercusión de esta crisis fue que millones de ciudadanos perdieron sus empleos. La media de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) pasó del 5% en 1974 al 10% en 1982. El descubrimiento de nuevos yacimientos petrolíferos en el Mar del Norte, la fabricación de coches de bajo consumo y el desarrollo de nuevas industrias como la comunicación y la informática permitieron superar la crisis. Pero dejó secuelas: desde entonces, las economías desarrolladas viven pendientes de la cotización diaria del oro negro. Especialmente en estos días que su precio está en máximos históricos.

1994 El “efecto dragón”: la globalización

¿Es posible que una sola persona sea capaz de hacer que se tambalee la economía de un país? Al menos, el famoso financiero George Soros fue acusado de ello en 1997, cuando el Banco Central de Tailandia tuvo que devaluar su moneda, el baht, ante un ataque especulativo. Obviamente, Soros no estaba solo: tenía a su vera a los grandes fondos internacionales y otros especuladores que se dedicaron a comprar masivamente dólares para mermar la estabilidad del bath.

Tailandia era uno de los países de los llamados Tigres Asiáticos, como Hong Kong, Taiwán, Singapur, Corea del Sur, Malasia e Indonesia. Todos se habían convertido en la niña bonita de los capitales privados del planeta durante los noventa. Tanto, que la inversión internacional pasó de 50.000 millones de dólares en 1990 a 304.000 millones en 1996. Les atraía un espectacular crecimiento económico y una mano de obra extremadamente barata.

El punto débil de los Tigres era su debilidad financiera: un descomunal endeudamiento de las arcas públicas y monedas nacionales ligadas a un cambio fijo con el dólar americano. Fue esta debilidad la que atrajo a los especuladores. Derrumbada Tailandia, le tocó el turno a Malasia el 27 de agosto, y el 23 de octubre a Hong Kong. Ese día, los pequeños inversores asiáticos perdieron más de 40.000 millones de dólares. Inversores de todo el mundo se retiraron de las Bolsas por miedo al contagio. Se trataba del efecto dragón. Como en otros casos, la crisis se extendió por todo el mundo, con una diferencia: en esta ocasión, los mercados financieros mundiales se derrumbaron en un solo día. Eran las cons