Por el lado de la Oferta, lo que pretenden los gobiernos es que cada vez haya
más empresas, que produzcan más bienes y servicios y que estén dispuestas a venderlos
más baratos. Para ello se toman medidas como reducir los costes a que éstas
se enfrentan (por ejemplo cobrándoles menos impuestos), fomentar la competencia
entre empresas para que éstas reduzcan los precios (por ejemplo permitiendo que
los extranjeros vendan sus productos en nuestro país sin restricciones), o fomentando
el que sea menos arriesgado el emprender una aventura empresarial (por ejemplo
facilitando el despido de trabajadores, en el caso de que la empresa vaya peor
de lo esperado).
Cuando se trata del lado de la Demanda, en principio cabría pensar que las
medidas debieran ir encaminadas a fomentar su aumento; ello supondría, como
ya hemos visto, que obtendríamos un incremento del P.I.B. (la cantidad negociada
en el mercado) pero también un aumento del I.P.C. (el precio final). Aquí surge
una pregunta: ¿Sería de esperar que las empresas respondieran a incrementos en
la Demanda incrementando su producción y sus ventas y, con ello, sus beneficios?
Lógicamente la respuesta es afirmativa, y en la medida en que esto ocurriera así
el efecto final sería un aumento del P.I.B. sin generar inflación. Pero el hecho
cierto es que en general la Oferta no es capaz de responder rápidamente a los
cambios en la Demanda (piense cuánto puede llegar a tardar una empresa en
cambiar sus niveles de producción).
Con ello las autoridades económicas actúan normalmente en una doble vertiente:
fomentando en lo posible el crecimiento de la Oferta y tratando de incrementar
moderadamente la Demanda, de tal manera que se produzca un acomodamiento entre
ambas y el resultado final sea crecimiento del P.I.B. y contención (en general
crecimiento moderado) del I.P.C. Para influir en la Demanda los gobiernos normalmente
utilizan distintas medidas (habitualmente fiscales), pero el instrumento que ocupa
un lugar destacado está normalmente fuera del alcance de los gobiernos y queda
en mano de lo que conocemos como autoridades monetarias (el Banco Central Europeo,
la Reserva Federal...): hablamos de los tipos de interés, o lo que es lo mismo,
el precio del dinero. Cuando éstas toman una decisión de aumentar los tipos de
interés en definitiva retiran dinero de la economía (por ejemplo, disminuyen las
peticiones de préstamos al banco), algo que implica una disminución de la Demanda
(los consumidores disponen de menos dinero para comprar, la inversión se convierte
en menos interesante porque se puede sacar un alto rendimiento del dinero simplemente
en una cuanta bancaria...), y viceversa.
En definitiva lo que se pretende con las actuaciones de las autoridades económicas
es moderar el tradicional comportamiento cíclico de la economía: normalmente
en períodos en los que crece mucho el P.I.B. se registran también crecimientos
elevados del I.P.C., que terminan dañando a la economía y llevan a que el P.I.B.
decrezca (o crezca más lentamente), para llegar a un punto en que las medidas
sobre la Oferta y la Demanda produzcan una nueva fase de crecimiento que da comienzo
de nuevo al proceso. Intentando acomodar el comportamiento de la Oferta y la
Demanda se busca fomentar crecimientos moderados y estables del P.I.B. y mantener
bajo control el I.P.C., en definitiva la mejor opción a largo plazo.
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